Es común que durante el periodo de la adolescencia se sufran altibajos emocionales. Es una etapa difícil debido, entre otras cosas, a los cambios hormonales, los cuales influyen tanto en lo físico como lo psíquico. En esta etapa se vive una especie de crisis pues se trata, al fin y al cabo, de un período de transito entre la infancia y la adultez, que comienza entre los 10-12 años y termina alrededor de los 19-20 años.

Esta transición a la madurez puede caracterizarse por vivir las emociones más intensamente, esto puede dar lugar a que el adolescente no las sepa manejar o superar y por ello manifieste diferentes conductas problemáticas y disfuncionales,  requiriendo entonces de ayuda profesional.

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Muchos jóvenes viven esta fase vital con dificultades, al fin y al cabo es un proceso de búsqueda de la identidad propia y reafirmación de la personalidad. En este período, el adolescente desarrolla sus valores, se plantea decisiones relacionadas con su futuro, muchos comienzan su sexualidad. En todos estos ámbitos se pueden dar dificultades, más aún porque los jóvenes luchan con la presión social añadida, las amistades se convierten en una prioridad, buscando la aprobación de las mismas. Es probable que el adolescente muestre sus discrepancias y oposiciones expresándolas de forma brusca o es muy común, por ejemplo, que tenga inseguridades las cuales confrontan con la suficiencia que puede manifestar entre su grupo de iguales por esa necesidad de encajar en el grupo. Los amigos se convierten en lo más importante, por encima de los padres, de los cuales tienden a separarse en busca de su independencia. Es por eso que cuando el adolescente tiene un conflicto tienen a buscar consuelo entre sus amigos, no obstante, en casos graves, esta ayuda no es suficiente, requiriendola de un profesional psicólogo.

La mayor parte de los jóvenes no suele buscar terapia por iniciativa propia, debido al miedo del estigma, es común que sean padres, profesores o amigos quienes lo aconsejen. Es importante hacer comprender al adolescente, que acudir a terapia no implica que uno esté “loco” o padezca necesariamente un trastorno, si no que por el contrario, es un indicador de madurez emocional y responsabilidad para con uno mismo, pues no todo el mundo es capaz de plantarle cara a sus miedos.